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Edith Guardo
Santiago del Estero - Argentina

Soy santiagueña. Docente por muchos años. Escribo poesías y cuentos. Me gusta escuchar música. Cantar hasta donde da mi voz. Deseo un mundo más justo y más solidario.
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Últimos comentarios de este Blog

09/05/13 | 09:14: Elena A. Navaro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente tu poesía, exelente letras y muy bien escrita Me encantó. Saludos Elena
04/08/11 | 11:58: mirtha hatun dice:
Muy buena y muy sentida.....entiendo que le hayan puesto música .....la escuche y me gusto mucho
15/02/11 | 21:01: mirtha cristina hatun dice:
Muy bueno.Me ha gustado muchisimo...realmente el recuerdo de su abuela la protegió.....el refugio de la familia.....es lo que deben entender los jóvenes.
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Me interesan los comentarios. Me hacen falta para corregir y saber si hallé el camino; los comentarios serán las luces que me lo indiquen.Gracias desde ya.


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Julia -(Primer premio-narrativa )



(Primer Premio-Narrativa en el Certamen Literario “Esperando el Bicentenario” del Grupo Literario Reencuentro. Santiago del Estero 2009).

JULIA

Hay calificativos que hieren. “Chica de barrio” aguijonea un poco al escucharlo.  ¿Qué quiere decir? ¿Que se vive en lugares alejados del centro, que se es carente del linaje de apellidos sonantes, excluyentes; que el acceso a un colegio privado sólo puede ser fruto de una beca gestionada por alguien que valoró sus promedios? ¿Que vive con gente poco significativa? ¡Bah! Pues entonces es… ¡una chica de barrio! Aunque, ¿qué sentido tiene un rótulo cuando al abrir los ojos se maravilla por el reflejo del sol que le da en la cara e ilumina su pieza, y  puede levantarse de un salto, abrir la ventana y reírle a la calle que parece estallar de alegría con ella y con la gente que pasa? Cuando se recogen piropos o  se puede mirar complacida  su propia imagen, ¡no hay barrio ni ciudad del mundo que opaque lo todo que  siente y que está en ella porque es joven, vital, hermosa. Y eso lo sabe, lo siente, lo vive. Entonces empieza a canturrear la melodía de moda y corre al baño arrastrando tras de sí la toalla. Es feliz. Se llama Julia. De “raíces fuertes y perennes”, dice la significación de su nombre.

 

Y dentro de su todo, muchas veces, al pie de su ventana, está Pablo. Veinte años gritándoselos a la vida, con el revuelo del pelo oscuro, la cara de diablillo insolente y el cuerpo interminablemente largo y flexible. Silba la canción que canta la niña. La misma tonadilla como el mismo amor e idénticas esperanzas convertidas en una.

Pablo y Julia son novios desde que tuvieron conciencia de sí mismos, en la escuela primaria, seguramente porque él le lleva cuatro años. El acercamiento fue siguiendo las pautas de siempre: un tirón de cabellos a ella, un pisotón a él, un atarle sigiloso los lazos del cinturón de ella, un empujón poco disimulado a él. Un caramelo guardado en el bolsillo, un bombón que aparece de la nada y, después, las sonrisas cómplices desde lejos.

 

Camina sin apuro, mirando las vidrieras de la Galería. Son una verdadera tentación aún para la que está” entrada en años”, como diría alguno de sus hijos o nietos. Sin embargo, la imagen que de sí le muestra el cristal del escaparate le devuelve una silueta armoniosa, casi se diría juvenil. Además hoy está especialmente contenta. Hace mucho tiempo que no visita Madrid y, haciéndose un tiempo entre los horarios que impone el Congreso de Especialistas Médicos al que asiste, recorre como  simple turista  los lugares que le son más gratos. El tiempo no da para todo. Restaurantes y algunos entretenimientos están a cargo de la organización, pero querría horas extras para tantos museos maravillosos que los hay por docenas. Teatros de siglos pasados y otros modernos, numerosos negocios propios del lugar. Por otro lado, aspiraría ver fábricas  y venta de cerámicas antiguas del país, joyerías, o recorrer los cafés   tan variados: algunos de tranquilo ambiente teatral u otros muy elegantes, y los de marcado ambiente intelectual, o los minimalistas. Todo es un regalo para sus ojos ávidos que, reconoce, sin embargo, que hay que elegir cuidadosamente. Ver todo le es imposible. Necesitaría mucho tiempo y muchos euros disponibles, también.

 

Pablo termina ya sus estudios secundarios y para Julia es un motivo de alegría y de pesar al mismo tiempo. Sabe de las cavilaciones de la familia de él para mandarlo o no a iniciar estudios universitarios en otra ciudad, pero la decisión terminó por ser positiva. Quiere ser arquitecto. Y Julia tiene aún dos años por delante para finalizar sus estudios y pensar en lo que le gustaría estudiar. Pero piensa más en la ausencia de Pablo. No se produjo todavía y ya duele, y ya angustia, y ya empieza a dibujarse un vacío en su interior. Ahora comienza a sospechar lo que puede ser la distancia.

 

El curso transcurre normalmente. Hay eminencias entre los expositores que muestran adelantos o expectativas en estudios producidos dentro del campo de la especialidad con gráficas, estadísticas y una excelente literatura para compartir. En los intervalos todos bajan a la sala en la que se sirven colaciones de distinto tipo, atentas a las nacionalidades diferentes de la concurrencia. Por suerte en este año, ella no necesita de traductores y disfruta al escuchar la mezcla de lenguas diferentes de los asistentes, unidos por el objetivo de aprender algo nuevo que contribuya a aliviar o curar enfermedades. Se acerca al grupo de argentinos u otros de habla hispana, comparte opiniones profesionales y también salidas divertidas o interesantes. También los proyectos que se hacen para los días siguientes a fin de conocer más lugares o recorrer otros de los tantos posibles. Unos se manejan individualmente, otros en grupos guiados. Ella disfruta más de las salidas a solas, manteniéndose dentro de un circuito conocido. Eso le da lugar a detenerse para observar lo que a otro le parecería una pérdida de tiempo, a recorrer galerías perdidas, a caminar a veces más de la cuenta o  hacer un alto cuando algo despierta su atención. También le sirve para pensar y reflexionar, entrar a una iglesia no sólo para admirar sus vitrales, gozar de cuanto le parece grato. Le gusta llenarse los ojos con colores que tantas veces miró sin ver, y escuchar la música de las voces que  pasan a su lado en la vida cotidiana como en sus calles argentinas  a las que suele oír.

 

Llegó el día de la partida y prefirió despedirse de Pablo a solas. Entre lágrimas se prometieron estar en contacto frecuente y en verse siempre que pudiesen. El juró que el tiempo pasaría rápido porque es así cuando se está demasiado ocupado. Tendría, al principio, mucho que resolver con respecto a su  alojamiento y adecuarse a una ciudad grande y nueva para él e integrarse a grupos de gente desconocida. Prometió que sólo pensaría en ella y en cada reencuentro, que mirar su  retrato le daría fuerzas. Le pidió que confiase, que confiase, que confiase y recordase siempre que el amor no reconoce distancias. Que se amarían como lo hicieron siempre. Habló y habló. Y Julia contestó a todo que sí. Secó sus lágrimas y lo despidió con su mejor sonrisa. También creía que el amor lo puede todo. ¿Por qué no?

Se tiró en la cama esperando que el tiempo pasase. Con la mente recorría la plataforma de la estación, escuchaba la última llamada para abordar el tren y lo veía alejarse. Otras lágrimas se unían a las que corrían por los vidrios de la ventana. Había comenzado a llover.

 

Madrid es, sin lugar a dudas, una ciudad mágica que en temporada alta multiplica su gente por el turismo formado en su mayoría por españoles de otras  ciudades,  extranjeros estadounidenses, ingleses, italianos, franceses. En menor cantidad, americanos. El aire frío hace notar la proximidad de la Navidad. Ella quisiera poder pasar con su familia esta fiesta aquí  pero sólo es un sueño. Madrid está más allá de sus posibilidades. Pero su fantasía no le cobra por imaginarse la noche navideña familiar. Las luces que forman ríos y contornean árboles, forman espirales que suben y bajan por edificios y portales, adornarán como otros años más del centenar de calles y plazas. Diseñadores y arquitectos habrán puesto en marcha su trabajo y, mientras los comerciantes claman por la ampliación del número de calles por iluminar, los ecologistas lo hacen para que eso disminuya así como el número de horas de encendido. Madrid es de ensueño empero no escapa a las dos caras de la moneda. Luces y sombras también conviven  allí.

 

Pasaron los días y los meses. Y los años. La comunicación frecuente se había limitado a cartas largas y detalladas ya que las telefónicas eran un lujo que podía darse sólo en ocasiones especiales. Verse personalmente pasó a ser realidad en escasas oportunidades. Después de dos años a ella le tocó ser la que dejara el hogar paterno para ir a la universidad y su familia cambió después de ciudad para establecerse allí, para acompañarla. El pueblo en el que habían vivido ya no los uniría ni aún en esas ocasiones especiales en que los estudiantes vuelven a sus hogares.  Las cartas se fueron espaciando. Sólo podían compartir lo vivido,  no el día a día. Empezaron a sentirse mal con los silencios. Ella asumió lo que a él le costaba decirle y fue la que planteó la ruptura que se dio. Hasta siempre, ¿hasta alguna vez?, hasta nunca, amor. Silencio en más, acallar cualquier dolor.

 

Julia se despierta. Salta de la cama para contemplar el paisaje madrileño a esta altura de diciembre. Por la ropa de la gente que ve pasar entiende que hace frío. Por suerte el invierno allí es seco y lo que ha de ponerse es lo mismo que se pondría en su tierra: yérsey, abrigo, botas, bufanda, guantes, nada más. El cielo está nublado. Agregará un paraguas por si lloviese.

Extraña ya  su hogar, a su esposo, a sus hijos,  su trabajo,  su entorno,  todo… ¡Ah, que mejor cosa que tomar distancia para apreciar lo que se tiene y que se da por natural y merecido! La noche anterior se quedó repasando su vida como evaluándola en el silencio y a la distancia de donde transcurrió. Sintió que debía ser más agradecida por todo lo vivido. En esta transitoria soledad, más subjetiva que objetiva, pudo mirar hacia atrás. Desfilaron por su mente su niñez, su adolescencia, sus amores y desamores, sus estudios y esfuerzos, sus padres que siempre estuvieron para ella, su carrera…y su marido, un hombre amante y compañero en cualquier circunstancia. Muchas vivencias fueron difíciles y, sin embargo, fueron superadas. Quizá algo no cerró bien. La sorprendió ese pensamiento. A veces algo queda por rehacer o terminar, pensó. Si así fuese, seguro eso que se le manifestaría. Y se durmió en la incertidumbre.

 

Es el último día en que podrá recorrer una galería próxima por regalos pendientes. Camina con cierto apuro. Es mucha la gente que hace lo mismo por la proximidad de las fiestas. Al girar, aún a la distancia, ve una pareja de mediana edad que viene en dirección contraria. La mujer le llama la atención porque es sobria y elegante, y camina con su pareja mientras parece hablarle. El, con anteojos oscuros, es alto, de aspecto distinguido. Se mueve con seguridad pese a que el bastón blanco muestra su invidencia. Y sonríe con naturalidad. Tiene una expresión  serena. Se parece a… ¿a quién se parece? No, realmente es imposible. Se parece… ¡a Pablo! ¿A aquel Pablo adolescente? Sí, sí.  Cree que así luciría ahora. ¿Pero ciego y aquí, en Madrid? Se detiene y hace la cuenta. Han pasado más de veinte años. Su primer impulso es acercarse a ellos y decirle a él:- ¿Pablo? Soy, yo. Julia- Y si se equivocase, si fuese otra persona, no tendría importancia su confusión. Así que camina en su dirección cuando alcanza a escuchar que ella le dice: -Pablo, si me esperas un minuto, retiro mi encargo- Así que no se equivocó. ¿Cómo dudó? Se lo decían sus ojos y su corazón. O su intuición. Respiró hondo y pensó, mirándolo. ¿Cuánto tiempo quedó en blanco? Y finalmente con su pensamiento habló: –Hola, Pablo, no quiero perturbarte. Ya te encontré por fin. Te veo. Tienes tu vida. Sólo recuérdame alguna vez. Por favor, alguna vez. Y ahora, adiós, Pablo.- Y continuó su camino.

 

Esa noche, terminó de armar su equipaje. Era el final de un viaje indispensable. Ahora  comprende la desazón que a veces sentía al pensar en los años pasados, el vacío sin razón aparente .Necesitaba de este reencuentro, del cierre definitivo de un círculo .Y  sin planearlo se había dado.

EDITH GUARDO DE PEREA


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