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Edith Guardo
Santiago del Estero - Argentina

Soy santiagueña. Docente por muchos años. Escribo poesías y cuentos. Me gusta escuchar música. Cantar hasta donde da mi voz. Deseo un mundo más justo y más solidario.
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Últimos comentarios de este Blog

09/05/13 | 09:14: Elena A. Navaro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente tu poesía, exelente letras y muy bien escrita Me encantó. Saludos Elena
04/08/11 | 11:58: mirtha hatun dice:
Muy buena y muy sentida.....entiendo que le hayan puesto música .....la escuche y me gusto mucho
15/02/11 | 21:01: mirtha cristina hatun dice:
Muy bueno.Me ha gustado muchisimo...realmente el recuerdo de su abuela la protegió.....el refugio de la familia.....es lo que deben entender los jóvenes.
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Me interesan los comentarios. Me hacen falta para corregir y saber si hallé el camino; los comentarios serán las luces que me lo indiquen.Gracias desde ya.


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REFUGIO- (Cuento)



 

Noche cerrada. Quedó atrás el interior del boliche iluminado a pleno con luces de colores cambiantes, con gente ubicada apretadamente y en movimiento, y el volumen de la música con tantos decibeles que hacía doler los oídos. Hasta el  ritmo rápido le pareció el agregado a un todo caótico que mareaba. Buscó a sus amigas por un momento pero, entre la gente, no las distinguió. Estarían junto a la barra o bailando lejos de su vista. Escudriñó si había  alguien conocido  cerca, mas no lo encontró. Y fue cuando se decidió a salir.

El aire fresco la reconfortó al instante. Respiró hondo y miró hacia la calle, de momento vacía, en busca de un taxi. Esperó un largo rato. Algunos vehículos ocupados pasaron a toda velocidad. Era alrededor de las tres  cuando decidió emprender  la marcha hacia su departamento con la esperanza de encontrar algún colectivo de línea, ya que sería muy duro atravesar la ciudad a pie.

A pocas cuadras empezó a sentir el cansancio de las horas sin dormir y la molestia de las sandalias de taco en sus pies pero siguió adelante. No fue idea suya salir esa noche;  se había dejado arrastrar por el entusiasmo de sus compañeras puesto que, prácticamente, finalizaban el ciclo lectivo y habían  sido muchas las noches de desvelo para  estudiar lo más que pudieron. De suyo, hubiese preferido una salida al cine y cena, o  tomar algo por ahí y conversar al aire libre. Pero cedió ante la propuesta de ellas: ir a bailar. Después de todo, no lo hacía casi nunca y se preparó. El vestido de moda prestado, el calzado nuevo, alguna traba vistosa para sujetar su pelo lustroso, un poco de perfume, ¡y listo!

Se encontraron con un grupo de amigos a la entrada del local. Ahí se bajoneó un poco al comprobar que se agregaba a varias  parejitas y que ella era el número impar. Adentro todo le pareció agradable mientras  el grupo se mantenía unido o, por lo menos, varios de sus integrantes. Sucedió que al rato la mayoría de sus integrantes se fue dispersando. Ella quedó con una copa en la mano y con su timidez que no era, precisamente, atrayente para nadie. Poco después se sintió incómoda y, sin poder decírselo a sus amigas, decidió retornar cuanto antes.

Fue así que pronto estuvo a cuadras del lugar, caminando estoicamente. Su departamento quedaba en el otro extremo pero la zona le era conocida. Había vivido hacía algunos años en la cercanía y eso le produjo una sensación de extraña tibieza en el corazón.  Le dio el empuje para seguir. Ya llegaría a casa en algún momento, se daría una ducha caliente y tomaría una tazota de leche chocolateada que obrara como compensación de la noche frustrante. Siguió caminando.

En una esquina, al girar hacia la izquierda, se encontró inesperadamente con un quiosco y con un grupo de muchachotes en la vereda que reían y gritaban mientras sostenían sendas botellas de bebidas alcohólicas. 

Vaciló y, tratando de no hacerse notar, cruzó con rapidez hacia la acera de enfrente. Luego, se encaminó por la parte sombreada por los árboles. Su maniobra fue advertida y pronto los piropos subidos de tono le fueron llegando. Al principio pensó que bastaría con no mirarlos y apretar la marcha; sin embargo algunos movimientos advertidos de reojo, la alertaron. ¿Qué podría hacer? Otra vez miró a su alrededor y, salvo algunas personas distinguidas a distancia, no vio a nadie que pudiese hacerla sentir segura. Le pareció que caminaba en cámara lenta. Quería hacerse invisible o desaparecer de allí a gran velocidad. Una nueva ojeada hacia el grupo le permitió ver que dos de sus integrantes empezaron a cruzar la calle en  dirección a ella con gestos procaces.

¿Cómo se fueron dando después los acontecimientos? No le quedó demasiado claro. Sólo supo que sintió pánico de ser alcanzada y agredida. Al mismo tiempo que pensaba en sus amigas, arrepentida de haberlas dejado en un ambiente más seguro, emergió el instinto de huir y, sin pensarlo más, giró sobre sí misma y corrió y corrió. Llegó a una pequeña rotonda. Sintió que sus perseguidores se le acercaban cada vez más  por lo que definió adónde quería ir: a la casa de su abuela. Primero, con sus sandalias en la mano, lloraba mientras corría. Después rezaba sin dejar de avanzar con rapidez. Y llegó al final, por metros, antes que los delincuentes. Sabía que la abuela ya no estaba allí, pero rogó que la puerta de calle estuviese abierta. Dio un salto hacia ella, giró el picaporte y entró. Una vez adentro, cerró con estrépito y corrió los dos pasadores con energía. Estaba sin aliento. Apoyada con fuerza en la madera, cruzada de brazos en actitud defensiva, escuchó los golpes violentos de puños y puntapiés dados a la puerta y rogó que los viejos herrajes no cediesen. Con el corazón latiendo fuerte todavía,  percibió que las risotadas y las voces enronquecidas disminuyeron y   se alejaron. La violencia había cesado y llegó el alivio.

La casa había sido vendida hacía tiempo así que asumió que ya no tenía luz eléctrica porque estaba deshabitada. Tampoco la necesitaba. La conocía  como a la palma de su mano. Rozando las paredes caminó hacia el fondo, al último patiecito. Fue un bálsamo percibir el perfume de los malvones que allí florecían y llegando a uno de los ángulos de la propiedad, junto a un macetón, se dejó caer despacito para esperar la llegada de la mañana y volver a su casa.

Corrieron las horas. Cuando el sol salió, dos vecinas que pasaban por la vereda quedaron asombradas al ver a una jovencita sentada y dormida al fondo del terreno en donde, hasta poco antes, se erguía una antigua casona que durante varias generaciones había pertenecido a una misma familia. Ahora era un sitio limpio, llano.

Con la luz  a pleno,  fue la muchacha esta vez la que, al abrir los ojos, no pudo dar crédito a lo que veía. Sólo por el color de las paredes linderas reconoció el lugar. Hacia el frente,  la calle. Ninguna pared, ninguna puerta a la vista. Se levantó de prisa, entonces, aturdida. Aún sentía el temor de la noche pasada y  las voces de sus perseguidores  sonaban en su cabeza.

Fue calzándose despacio. Sus pies se posaron con suavidad en los antiguos baldosones y otra vez el perfume de las plantas, tercas en sobrevivir, la envolvieron como un manto protector. Volvió a caminar  por donde estuvieron las antiguas habitaciones en dirección a la puerta de calle y salió. Se marchó sin volverse a mirar el lugar.

 

 

 

 


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
15/02/11 | 21:01: mirtha cristina hatun dice:
Muy bueno.Me ha gustado muchisimo...realmente el recuerdo de su abuela la protegió.....el refugio de la familia.....es lo que deben entender los jóvenes.
mirtahatun|@hotmail.com
 
13/02/11 | 19:57: marcelo dice:
Me parece un cuento hermoso, sobre todo por que interpreto que es el amor de la abuela el que la protegió mágicamente... y ese final sorprende mucho. felicitaciones!!!
marceloperea@gmail.com
 
11/02/11 | 21:57: Eugenia dice:
Muy bueno tu cuento,mantuvo el suspenso hasta el final.
vittorio_yanucci@live.com.ar
 
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